Un equipo internacional de científicos, liderado por Joel Sánchez Bermúdez, investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM, logró un avance sin precedentes en la observación astronómica: la identificación y caracterización de siete volcanes activos en Ío, una de las lunas de Júpiter y el cuerpo con mayor actividad volcánica de todo el Sistema Solar.

Este hallazgo fue posible gracias al uso combinado del Telescopio Espacial James Webb (JWST) y técnicas de inteligencia artificial, incluyendo redes neuronales para reconstruir imágenes de alta fidelidad. El resultado ofrece nuevas perspectivas sobre la dinámica geológica de Ío y sienta un precedente en el estudio de cuerpos celestes con intensa actividad volcánica.


Ío: el mundo volcánico más extremo del Sistema Solar

Ío es la tercera luna más grande de Júpiter, con un diámetro cercano a los 3,600 kilómetros. Su superficie está en constante transformación debido a la enorme influencia gravitacional que ejerce su planeta anfitrión y otras lunas cercanas.

Su órbita se encuentra en resonancia gravitacional con Europa y Ganímedes, lo que provoca intensas fuerzas de marea que deforman su superficie hasta 100 metros en cada ciclo orbital. Esa energía interna es liberada mediante cientos de volcanes activos, lo que convierte a Ío en un mundo en erupción perpetua.

A diferencia de los volcanes terrestres, los de Ío suelen tener formas de cuencos o pocillos de lava en su interior. Su actividad ha intrigado a la comunidad científica desde las primeras imágenes obtenidas por la sonda Voyager en 1979, pero su observación detallada sigue siendo un reto debido a la distancia (más de 628 millones de kilómetros de la Tierra) y la rápida transformación de su superficie.


El Telescopio James Webb y la interferometría de nueva generación

El descubrimiento de la UNAM y sus colaboradores se basó en una técnica pionera conocida como interferometría con enmascaramiento de apertura (AMI, por sus siglas en inglés).

El James Webb, el telescopio infrarrojo más grande jamás lanzado al espacio, cuenta con un espejo segmentado de 6.5 metros de diámetro, lo que le permite captar luz con una sensibilidad extraordinaria. Por primera vez en la historia, un telescopio espacial fue utilizado en modo interferométrico, es decir, combinando la luz captada por diferentes puntos de su espejo para crear un patrón de interferencia que, posteriormente, se transforma en una imagen de mayor resolución.

Para lograrlo, se colocó una máscara de aluminio con siete pequeños orificios frente al espejo primario. Cada uno actúa como un mini telescopio, y la luz que pasa a través de ellos interfiere en el detector, generando información precisa sobre la morfología del objeto observado.

Según Sánchez Bermúdez, esta técnica permite duplicar la resolución del James Webb en ciertas longitudes de onda, evitando además la saturación del detector cuando se estudian objetos relativamente brillantes, como Ío.


Inteligencia artificial para reconstruir imágenes de Ío

Uno de los mayores retos al observar Ío con interferometría es que su tamaño angular es prácticamente igual al campo de visión del interferómetro, lo que complica los métodos tradicionales de reconstrucción de imágenes.

Para superar este obstáculo, el equipo de investigación recurrió a la inteligencia artificial. Se desarrolló un método innovador basado en redes neuronales entrenadas con modelos sintéticos de Ío, que permitieron realizar un proceso de deconvolución y obtener imágenes mucho más nítidas.

De esta forma, fue posible identificar claramente siete volcanes activos, localizar sus puntos calientes y observar erupciones en progreso. También se detectaron regiones con emisiones volcánicas y posibles depósitos de dióxido de azufre, un compuesto clave en la atmósfera y geología de Ío.


Coincidencia con observaciones terrestres

Para validar los resultados, el equipo comparó sus datos con observaciones realizadas desde telescopios terrestres, como el Keck de Hawái, de ocho metros de diámetro. Un mes antes y un mes después de la observación con el James Webb, Ío fue monitoreada desde Tierra, y los resultados coincidieron: los volcanes identificados se mantenían en la misma ubicación, confirmando la fiabilidad de la técnica espacial.

Esto demuestra que el JWST, combinado con la interferometría avanzada y la inteligencia artificial, puede generar imágenes de cuerpos activos del Sistema Solar con un nivel de detalle inédito.


Un avance que cambia la astronomía planetaria

El hallazgo tiene profundas implicaciones:

  • Permite monitorear en tiempo real la actividad volcánica de Ío.

  • Abre nuevas posibilidades para estudiar la dinámica interna de lunas y planetas.

  • Muestra cómo la inteligencia artificial puede transformar el análisis de datos astronómicos.

  • Marca un precedente para el diseño de futuras misiones espaciales, que podrían basarse más en interferómetros que en telescopios unitarios tradicionales.

“Es probable que las misiones del futuro se hagan con interferómetros y no con telescopios unitarios como el James Webb. Esta es una técnica que ofrece ventajas que desde la Tierra no son posibles”, señaló Sánchez Bermúdez.


Colaboración científica internacional

El proyecto no solo representa un logro tecnológico, sino también un ejemplo de cooperación global. Participaron instituciones de gran prestigio, entre ellas:

  • University of California, Berkeley

  • Space Telescope Science Institute (EE. UU.)

  • California Institute of Technology (Caltech)

  • Large Binocular Telescope Observatory (Alemania, Italia y EE. UU.)

  • Royal Institute of Technology (Suecia)

La investigación fue publicada en la revista británica Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, una de las más reconocidas en el campo de la astronomía.


Ío: un laboratorio natural de geología extrema

El estudio de Ío no solo tiene importancia científica, sino que también ayuda a comprender cómo funcionan otros mundos del Universo. Sus volcanes, con lagos de lava activos y depósitos de azufre, ofrecen una ventana única para comparar con la geología terrestre y con fenómenos en exoplanetas lejanos.

La observación detallada de este satélite joviano permitirá también investigar procesos como:

  • La interacción entre la gravedad planetaria y la actividad interna de un cuerpo celeste.

  • La forma en que los volcanes modifican la atmósfera y superficie de un satélite.

  • El papel de los compuestos como el dióxido de azufre en la evolución geológica y atmosférica.


Un nuevo horizonte en la exploración espacial

El descubrimiento de la UNAM y sus colaboradores internacionales no solo confirma a Ío como el mundo volcánico más activo del Sistema Solar, sino que también demuestra el enorme potencial de la combinación entre astronomía espacial e inteligencia artificial.

Con siete volcanes activos identificados y caracterizados con una claridad nunca antes alcanzada, la ciencia abre un nuevo capítulo en la observación de lunas, planetas y fenómenos cósmicos. Este avance no solo enriquece el conocimiento sobre Júpiter y sus satélites, sino que sienta las bases para explorar otros cuerpos celestes con técnicas cada vez más precisas y revolucionarias.

La UNAM, con este logro, reafirma su papel como protagonista en la investigación astronómica mundial, consolidando la importancia de la ciencia mexicana en proyectos de alcance global.

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