Las declaraciones del presidente de Donald Trump sobre un supuesto ataque estadounidense dentro de Venezuela no solo carecen de sustento verificable: representan una peligrosa normalización del uso de la fuerza, la mentira como política exterior y el desprecio abierto por la soberanía de los pueblos. Bajo el viejo libreto de la “guerra contra las drogas”, Estados Unidos vuelve a justificar acciones unilaterales que violan el derecho internacional y elevan la tensión regional.

Trump afirmó que su gobierno “destruyó” una instalación de producción de drogas en territorio venezolano. No mostró pruebas, no aportó coordenadas, no reportó víctimas, no presentó aval de organismos internacionales y ni siquiera confirmó oficialmente quién ejecutó la operación. La opacidad no es un detalle menor: es la regla cuando Washington busca imponer su narrativa sin rendición de cuentas.

Un anuncio mediático sin evidencia: propaganda antes que verdad

El propio Trump evitó confirmar si la operación fue realizada por la CIA, aunque medios estadounidenses como CNN y The New York Times citaron “fuentes cercanas” para atribuir el ataque a un dron contra un muelle supuestamente vinculado al narcotráfico. Fuentes anónimas, sin documentos, sin imágenes satelitales, sin peritajes independientes.

Del lado venezolano, no existe confirmación oficial de ningún ataque, y los medios estatales no registraron incursión militar alguna. El Fiscal General, Tarek William Saab, fue claro: no se emitirán comentarios mientras se fabrique información sin sustento. Esa cautela contrasta con la verborragia belicista del mandatario estadounidense.

Rumores fabricados y un incendio usado como coartada

Tras el anuncio, las redes sociales se inundaron de especulaciones, intentando vincular el supuesto ataque con un incendio industrial ocurrido días antes en instalaciones privadas de la empresa Primazol, en el estado Zulia. La empresa desmintió categóricamente cualquier relación con un ataque militar y explicó que el incidente fue controlado, sin heridos, producto de una falla técnica. El alcalde del municipio San Francisco confirmó la versión.

Aun así, la narrativa estadounidense persistió. Cuando no hay pruebas, se siembra confusión. Es una técnica conocida: crear ruido informativo para legitimar una acusación que no resiste verificación.

El narcotráfico como excusa, el petróleo como objetivo

Trump insiste en que su ofensiva busca frenar el narcotráfico. Sin embargo, el foco real se ha desplazado al petróleo. Venezuela posee una de las mayores reservas probadas del planeta, y el bloqueo económico, la persecución de buques y las sanciones extraterritoriales no han reducido el consumo de drogas en EE.UU., pero sí han buscado asfixiar financieramente a un país soberano.

El presidente estadounidense llegó a afirmar —sin datos— que cada embarcación destruida “salva 25 mil vidas” y que el tráfico cayó 97%. Cifras sin respaldo, propaganda sin método. En contraste, Nicolás Maduro ha señalado que el verdadero interés de Washington es forzar un cambio de régimen y apropiarse de los recursos energéticos venezolanos.

Despliegue militar y amenaza regional

Estados Unidos mantiene un amplio despliegue aeronaval en el Caribe, encabezado por el portaaviones Gerald R. Ford, bajo la llamada Operación Lanza del Sur. Washington lo presenta como una misión antidrogas; Caracas lo denuncia como amenaza directa. A ello se suma el bloqueo “total” de petroleros, la incautación de buques y la persecución de embarcaciones en aguas internacionales.

Nada de esto cuenta con mandato de la ONU. Nada de esto fue solicitado por Venezuela. Es, en términos jurídicos, coacción.

Ataques letales, ilegalidad y derechos humanos

Desde el inicio de estas operaciones, EE.UU. ha atacado decenas de lanchas bajo sospecha de narcotráfico. Reportes periodísticos contabilizan más de 100 personas muertas en al menos 31 ataques. Sin juicios, sin capturas, sin pruebas públicas. Juristas han calificado estas acciones como ilegales; organizaciones de derechos humanos las describen como ejecuciones extrajudiciales.

La “guerra contra las drogas” vuelve a mostrar su rostro: más violencia, menos verdad.

Operaciones encubiertas de la CIA: un precedente peligroso

Trump confirmó haber autorizado operaciones encubiertas de la CIA en Venezuela. El ataque con drones —según filtraciones— no habría causado muertos, pero rompe una línea roja: acciones militares directas en territorio soberano sin guerra declarada. La normalización de este método amenaza a cualquier país que incomode a Washington.

Criminalizar al Estado para justificar la agresión

La designación del llamado “Cártel de los Soles” como organización terrorista criminaliza al Estado venezolano sin sentencias judiciales ni investigaciones independientes. Es una etiqueta política que amplía el margen de ataque de EE.UU. y reduce los controles democráticos sobre el uso de la fuerza.

Caracas rechaza la existencia de esa estructura y denuncia una construcción discursiva diseñada para legitimar sanciones y agresiones.

Venezuela sí combate el narcotráfico

Lejos del relato estadounidense, Venezuela ha reportado incautaciones, destrucción de pistas clandestinas y derribo de aeronaves ilegales en zonas fronterizas. El propio Maduro ha denunciado la hipocresía de un país que consume masivamente drogas mientras culpa a terceros y exporta violencia.

Soberanía frente al intervencionismo

El anuncio de Trump no prueba un éxito antidrogas; confirma una política exterior basada en la fuerza, la desinformación y el desprecio por la legalidad internacional. Venezuela no busca conflictos, pero no puede aceptar amenazas, mentiras ni agresiones disfrazadas de moralismo.

América Latina conoce bien el costo del intervencionismo estadounidense. Por eso, hoy más que nunca, la defensa de la soberanía venezolana es también una defensa del derecho internacional, de la paz regional y de la verdad frente a la propaganda.