¡gentrificación en México!
Las ciudades también sangran: entre el despojo y la resistencia
A veces no lo notamos porque la herida es silenciosa, decorada con murales, cafeterías orgánicas y discursos bien intencionados. Pero ahí está: una herida abierta que recorre Oaxaca, Puebla y la Ciudad de México. Tres ciudades distintas, atravesadas por el mismo dolor: el despojo disfrazado de progreso.
En nombre del desarrollo, la modernización y el turismo, barrios enteros están siendo transformados sin el consentimiento de quienes los habitan. Los desalojos no siempre llegan con violencia física, pero sí con rentas impagables, remodelaciones exprés y una sensación constante de que “ya no perteneces aquí”.
El maquillaje del despojo
A eso lo llaman revitalización, lo presentan como inversión, lo anuncian como renovación. Para miles de personas, sin embargo, significa pérdida, desarraigo y desplazamiento.
Este artículo no pretende otorgar voz a nadie. Busca amplificar las que ya existen y resisten. Porque la gentrificación no es solo un fenómeno urbano: es una forma de borrar la historia viva de quienes hicieron ciudad sin permiso, sin renta fija, pero con memoria. Y esa memoria merece quedarse.
¿Qué es la gentrificación y por qué debería importarnos?
La gentrificación es despojo disfrazado de modernización. Ocurre cuando zonas populares o históricamente marginadas —barrios ignorados, precarizados y criminalizados— se vuelven atractivos para inversionistas, turistas y clases medias-altas. No porque el Estado garantice derechos, sino porque ve una oportunidad de negocio.
La lógica es brutal: primero te abandonan, luego te expulsan.
Durante décadas, comunidades trabajadoras, indígenas urbanas, familias pobres, artistas y migrantes han habitado estos barrios. Sin embargo, ahora son “descubiertos” por quienes llegan con privilegios, dinero y una visión estética de la pobreza: la aprecian como pintoresca, pero nunca como digna.
El barrio no se mejora: se encarece, se blanquea y se convierte en un objeto de deseo externo. Lo que antes costaba tres mil pesos se renta en quince mil por Airbnb. La fonda se convierte en brunch; la vecindad, en loft. Quien no puede pagar, sobra.
El Estado no solo lo permite: en muchos casos, lo impulsa. Para el modelo neoliberal, las ciudades no son para vivir, sino para consumir. La vivienda deja de ser un derecho y se convierte en mercancía. El espacio público se privatiza sin necesidad de rejas.
Por eso es urgente hablar de gentrificación. Porque no es solo un proceso urbano: es violencia de clase, racismo territorial y despojo cultural. Y si no lo nombramos, no lo frenamos.
Oaxaca: turismo, despojo y resistencia
Oaxaca es sinónimo de riqueza cultural, pero también de empobrecimiento, racialización y saqueo. En su capital, la gentrificación se disfraza de arte, café orgánico y “experiencias auténticas”.
Barrios como Jalatlaco, Xochimilco, El Carmen Alto y el Centro Histórico han sido invadidos por hostales boutique, galerías de arte contemporáneo y desarrollos para turistas adinerados. A simple vista, parece embellecimiento; en realidad, es desplazamiento.
Airbnb ha convertido cientos de hogares en hoteles ilegales. Según Inside Airbnb, más del 60% de las propiedades están en manos de anfitriones que ni siquiera viven en Oaxaca. El centro ya no es un barrio: es una escenografía.
Quienes han sido desplazados son, en su mayoría, indígenas urbanos, campesinos o familias mestizas de bajos ingresos. La gentrificación en Oaxaca tiene un rostro colonial, racista y extractivista. Irónicamente, los mismos que despreciaban Oaxaca ahora la consumen como postal.
Pero también hay organización. Colectivos denuncian la especulación, exigen regulación turística y defienden el derecho a la vivienda.
Resistir también es habitar.
Puebla: gentrificación con rostro barroco
Puebla también sangra, aunque lo oculte entre cantera rosa y discursos de “rescate patrimonial”. Barrios como El Alto, Analco, San Antonio y La Luz, históricamente marginados, se han convertido en blanco de proyectos turísticos e inmobiliarios.
Aquí, la gentrificación se presentó como “proyecto cultural”. Durante el gobierno de Rafael Moreno Valle (2011–2017), Puebla vivió una ola de embellecimiento sin inclusión. Se promovieron megaproyectos y corredores turísticos que terminaron desplazando a cientos de personas.
El Laboratorio de Arquitectura Básica (LAB) documentó que entre 2012 y 2016 más de 1,200 personas fueron desalojadas del Centro Histórico, muchas sin indemnización.
“Nos pintaron las fachadas sin pedirnos permiso. Un mes después, llegaron los avisos de desalojo. Nos dijeron que era por seguridad, que el barrio se deterioraba. Pero lo que querían era quitarnos del camino”, cuenta un exhabitante de la calle 5 de Mayo.
Hoy hay cafeterías donde antes había vecindades, bares donde había tianguis y música extranjera en lugar de cumbias y danzones. La “revitalización” ha sido, en realidad, relocalización forzada.
El gobierno local ha jugado un rol central: con expropiaciones encubiertas y convenios con desarrolladoras, ha facilitado la privatización del espacio público. El Observatorio Ciudadano de Políticas Culturales documenta cómo el centro histórico se ha vuelto un producto turístico, no un espacio de vida.
La periferia crece sin servicios ni historia, mientras el centro se vende al mejor postor.
CDMX: la capital que se encarece a sí misma
La Ciudad de México es el epicentro de la gentrificación en América Latina. Barrios como Roma, Condesa, Juárez, San Rafael, Santa María la Ribera, Coyoacán y el Centro Histórico han sufrido un proceso acelerado de transformación y desplazamiento.
La llegada de nómadas digitales ha agravado el problema. Pagan en dólares lo que antes costaba un salario mensual. En zonas como Roma Norte y Condesa, el alquiler aumentó un 50% entre 2019 y 2024. Más del 70% de los alojamientos de Airbnb están en manos de “súper-anfitriones”, empresas o personas con múltiples propiedades.
No es solo hipsterización: también hay rostro corporativo. Megaproyectos como Ciudad Creativa Digital, Parque La Mexicana y Reforma 432 han desplazado comunidades completas.
El Gobierno de la Ciudad no ha regulado las plataformas, ha flexibilizado normas de uso de suelo y permitido la especulación. Su discurso de “reactivar la economía” ha facilitado el desarraigo.
Colectivos barriales resisten. Denuncian desalojos ilegales, organizan asambleas y exigen el reconocimiento del arraigo como derecho.
Porque lo que está en juego no es un estilo de vida, sino la dignidad de habitar.
Que nadie nos borre
Oaxaca, Puebla y la Ciudad de México no viven fenómenos aislados. Están atravesadas por un mismo proceso de expulsión, blanqueamiento y despojo. Le llaman “mejorar la ciudad”, pero esconde una verdad: sacar a quienes no pueden pagar.
La gentrificación no solo encarece: vacía de sentido.
Cada cafetería hipster sobre una fonda cerrada, cada loft donde hubo una vecindad, cada renta en dólares es parte de una lógica que privilegia el capital sobre la comunidad.
No se trata de oponerse al cambio, sino de preguntarse: ¿a quién beneficia ese cambio?, ¿a quién borra?
Las ciudades deben ser territorios vivos, no vitrinas vacías.
Y aunque el discurso oficial hable de “progreso”, en cada manta que dice “No nos vamos”, en cada vecina que resiste, en cada colectivo que exige habitar con dignidad, hay una verdad que no podemos olvidar:
No queremos una ciudad bonita si está vacía de su gente.
